viernes, 14 de abril de 2017

El amor en los tiempos del Tinder.



                               
Debe admitirse que nada de esto está muy claro. Es un monologo de borracho, totalmente clásico, con sus alusiones incomprensibles y su declamación cansina. Con sus frases vanas que no aguardan respuesta y sus explicaciones sentenciosas. Y sus silencios.

                              Guy Debord. Crítica de la separación, 1961
  




1.

El cambio que han inducido las aplicaciones digitales a las cuestiones amorosas no ha pasado desapercibido. El Tinder es la más exitosa de ellas: el usuario ve una sucesión de fotos de perfiles que encajan con los parámetros de género, edad, y distancia geográfica que ha definido. Ante la foto (y, a veces, la auto-descripción que acompaña el perfil) puede dar me gusta o rechazar. Cuando dos usuarios coinciden y se gustan entre sí, surge un cuadro para que puedan conversar…

Es una aplicación que aumenta la posibilidad de encuentros. Para aquellos y aquellas que quieren salir (o no salir…) de sus rutas cotidianas puede ser un medio ideal para encontrar compañía. Las posibilidades parecen infinitas, y si la cosa no sale en un caso, ¿por qué no salir en el siguiente? En este sentido, la app desdramatiza la historia del amor. Es difícil parecer único en esta sucesión de caras. Si la quedada deseada llega, debe ser muy excepcional, y muy perfecta para sacar de la imaginación del sujeto que participa en ella, la posibilidad de otros mejores encuentros en el futuro.


Este tipo de sociabilidad encaja con  el espíritu de la época, y con el  individuo solitario y conquistador, que vive la vida compitiendo con los otros para salir adelante.  Los profesionales del coaching dan consejos que muestran la misma mentalidad imperante.  Primera pregunta que suelen hacer: ¿En diez años cómo quieres ser? Segunda pregunta: ¿qué debes hacer para llegar a ser así? Y a nivel más práctico: ¿qué te resta y qué te suma para llegar a tu objetivo? Pensando las cosas así, no hay tiempo para perder. El salto desde una experiencia a otra, calculando qué resta y qué suma para conseguir tener un compañero, una vida sexualmente plena o lo que sea, se convierte en modus vivendi.

Evidentemente, hay diferentes maneras para buscar o imaginar un encuentro. Algunos tienden más a la búsqueda de nuevas experiencias, mientras que otros buscan más relaciones estables. El proyecto para unos es la acumulación de encuentros. Para otros, la búsqueda del encuentro único. Pero al final, para todos, el escenario es el mismo: un mar de soledades en el que todos buscan la oportunidad casi en términos estadísticos. Explotando el mayor número posible de match, de chats o de quedadas, algo pasará, la vivencia llegará…


Tenemos algunos datos sobre el asunto: el 5-7% (depende de la fuente) de los matrimonios y un 20% de las relaciones estables en los Estados Unidos salen de programas digitales de este tipo. Pero también tenemos otros datos muy interesantes: la gente hoy tiene una vida sexual menos activa que hace unas décadas[1]. Los investigadores sociales explican que este hecho se debe a la caída del número de las relaciones estables y también a la caída de la actividad sexual de las parejas. Es evidente que el peso de la obligación de estar en pareja no es lo que era antes.  Tampoco tiene tanta fuerza la idea de que “somos pareja y eso es lo que hacen las parejas”...

 El cambio en la posición social de las mujeres tiene un papel importante aquí: Actualmente, la tendencia es que el consentimiento sea un valor central en la vida sexoafectiva. A lo que concierne su propio cuerpo cada persona es soberana, y por tanto no hay margen para imposiciones en el nombre de la tradición, del hábito o de la norma.  La dominación masculina está en fase de deconstrucción, aunque de manera lenta y contradictoria -y por eso sus convulsiones aun matan. Las mujeres tienen cada vez más libertad de abandonar relaciones que no las satisfacen.  La caída de los compromisos que se basaban en la sumisión femenina, hace que la frecuencia de los encuentros sea menor a medida que la relaciones se hacen más libres. También es menos obligatorio tener el tapadero de una relación estable y normativa para la soledad y una vida miserable. Conclusión: por estar más libres de hacer el amor y por no olvidar que debe ser placer compartido, la frecuencia de la actividad sexual disminuye -cosa que, bajo esta perspectiva, no es necesariamente mala.

2.

Se ha comentado bastante el carácter provisional, transitorio de los encuentros amorosos, el creciente interés por la capacidad en entrar y salir rápido en las relaciones, y sobretodo el interés por salir ileso de ellas. La multitud de conexiones hacen que todos tengan abiertos los ojos a otras o nuevas posibilidades amorosas. En este sentido Berardi[2], tiene razón: lo que se busca es la conectividad entre dos personas que mantienen su independencia personal. Menos se busca (aunque se desee…) y aún menos se encuentra la composición de un “ser-dos”, el desarrollo de la inter-dependencia sexoafectiva. Claro está, la idea de conseguir el “ser-dos” está siempre ahí -al fondo quizás de todos los encuentros fugaces. Pero todos saben que para llegar a este “ser dos”, antes tienes que “pagar”-porque por el deseo se paga y nunca te sale gratis: Desear es esperar respuesta, es depender de la respuesta del otro y -no nos engañemos - eso choca con el espíritu de la época. Lo ideal para el usuario del amor digital sería entrar y salir de la emoción con la facilidad que eso se hace en el caso de los encuentros exclusivamente sexuales. Lo ideal sería un “fall in love” experimental, para ver un poco como va la cosa, manteniendo intacta la capacidad de recuperarse rápido, y volver a conectarse con la red en la búsqueda de nuevas experiencias si la cosa no funciona.

Siguiendo otra vez a F. Berardi , hay dos maneras de relacionarse con el otro: una es la conjunción, que marca un antes y un después en los seres que se implican en ella. Es una especie de respiración común -dice el autor- de conspiración. En algunos momentos es fusión. La otra modalidad de relacionarse es la conexión, con interacciones puntuales que no modifican sustancialmente los límites que separan uno del otro. Hoy, el principio conectivo domina toda comunicación. El énfasis que se da a la compatibilidad de los perfiles no es casual. Cada uno presenta, casi numera, las características que le definen buscando coincidencias. Otra vez, se evidencia el intento de interactuar en el plano íntimo de manera calculada, como si es el buen resultado de una vivencia  dependiera de estos cálculos.

 La expansión de la info-esfera y la hiper-estimulación que provoca agota el cuerpo, que intenta digerir cada vez mayores cantidades de información y datos. El tiempo de la vida es limitado, pero el espacio cibernético que crece no para de exigir más tiempo, más atención, más energía. El sistema nervioso humano se encuentra capturado en las redes de la conexión cibernética, que lo conducen a una hiper-aceleración enfermiza. Se reduce la posibilidad de parar sobre un texto, una imagen o una música para asimilarla y sentirla. Todo lo que requiere tiempo cae en desuso. Con los matches y los encuentros tinderianos al final pasa lo mismo. Vivir la mayor parte del tiempo en la infoesfera trae una mutación psicológica que deja poco espacio y tiempo para explorar todo el territorio de un encuentro erótico. Importa más la compatibilidad ordenada de los perfiles entre individuos inalterables – es decir, el encaje y el desencaje rápido. No es cuestión de buenas o malas decisiones. Es un cambio antropológico, que suele pasar desapercibido.

El mercado ha colonizado todo rincón de la vida y el amor no es una excepción. La ideología del mercado es nunca estar satisfecho con un producto, y descubrir sus problemas y limitaciones después del haberlo comprado. De esta manera el deseo de consumir sigue activo. De producto a producto y así ad infinitum. El consumidor evidentemente tiene como objetivo encontrar el producto “ideal” pero el objetivo está siempre en un horizonte que no se acerca. Las relaciones humanas ya tienen este aspecto comercial, de relación con objetos, de relación entre objetos, de cosificación. Ojo: si la estructura del mercado y la lógica de la economía tienen tanto éxito es porque captan perfectamente el modo que funciona el deseo: siempre deseamos lo que no tenemos y el deseo desvanece cuando ya hemos adquirido y hemos vivido lo que deseábamos. Pero el deseo y la economía, aunque funcionan de una manera similar difieren en algo: el deseo  -el deseo erótico- tiene mala relación con el cálculo. La vibración por el otro viene de manera imprevista, y también desaparece así. Puede conducir al desorden personal y el caos. Una persona enamorada escribió: “venía y me mataba. Se iba y me moría”. Exageraciones literarias, que, no obstante, muestran, que desear, querer, amar es aventura arriesgada. No queda mucho de esta aventura en la sucesión de perfiles y los “matches” digitales.

Slavok Zizek[3] comenta que lo que buscamos es “be in love” pero no “fall in love”. Estar en el amor sin experimentar la sensación la fragilidad que conlleva. Nunca perder el control de la situación, o si lo perdemos, recuperarlo rápido. Desde luego -afortunadamente- el accidente sigue pasando: deseas, amas, y creas un vínculo con la persona deseada. Pero esta condición ha perdido el valor social que tenía antes. Y inspira cada vez menos simpatía. La receta es poder decir rápido al final de una ruptura: “no pasa nada”.


3.

Y ahora vamos a aguas más turbulentas: se supone que los transeúntes de los espacios digitales buscan el encuentro, y que pretenden salir de su soledad. No obstante, tienen una dificultad significativa en conseguirlo y sus conductas perpetúan estas dificultades. Cuando el encuentro llega suele ser breve, y en mayor o menor grado y de una u otra manera las personas vuelven a las exploraciones digitales. ¿Ya que hay tanta gente que busca lo mismo, porqué la unión es tan difícil?

Tal vez, porque lo desean en un plano imaginario: “qué bien sería encontrar a alguien”. Pero cuando la realidad del encuentro llega, cuando contactan con lo real de la presencia del otro, buscarán, a lo mejor sin darse cuenta, una manera para huir. El lazo, suele ser poco duradero. Y es en este punto donde el pensamiento psicoanalítico nos puede echar una mano:

En una conferencia en Barcelona[4], Manual Asensi habló, a modo de esquema, de las diferentes posibilidades cuando una mujer gusta a un hombre -el género y la reducción de las multiples posibilidades en sólo tres, no cambian la esencia de su argumento: Primero la mujer pasa de mí. Esta posibilidad -comentaba el conferenciante en tono irónico- es quizás la mejor, porque me salva de problemas y tensiones. La segunda posibilidad es que me gusta y le gusto también, pero cuando vamos a la cama, la atracción que nos sentimos no funciona. Algo pasa y el deseo se bloquea. El tránsito desde el imaginario amoroso a lo real de los cuerpos parece cortado -por lo menos en parte.  La tercera posibilidad, siguiendo al autor, surge cuando la atracción es mutua, funciona en todos los niveles y da lugar a la creación de una experiencia satisfactoria y quizás de un vínculo. El vínculo -extendiendo la línea del pensamiento de Asensi- es el sueño declarado de muchos hombres y mujeres solitarios, pero a nivel inconsciente quizás es amenazante. Porque la falta surgirá, de alguna forma, también cuando haya vinculo. La falta aparecerá porque siempre falta algo.  La relación real, nunca es tan plena y exitosa como parece en el plano imaginario.  Se sabe, -aunque quizás no se sabe que se sabe-  que la frustración está inscrita en la constitución del encuentro erótico y que en algún momento llegará -de una u otra manera.  Puede emerger de manera imprevista, y quizás incontrolada a causa del apego que se habrá desarrollado con la otra persona. Una ruptura o un abandono puede ser peor que un desencuentro al principio. Es que el desencuentro es una situación que, aunque duele, no cambia los contornos conocidos de una vida solitaria. Lo que provoca pavor no es el rechazo, sino la aceptación. Parece contra-intuitivo, pero es verdad. Porque la aceptación, tiene por naturaleza un carácter precario y debe afirmarse y recrearse cada día. Es una relación que expone al sujeto a la prueba de pedir y de activar la atención y el deseo del otro. Es el terreno de la creación, de vivir en común, de articular las diferencias. Es un terreno difícil.  Por lo tanto, puede ser preferible una vía para que el encuentro no llegue o no dure.



Evidentemente, así permanezco as en una situación miserable, pero, al fin y al cabo, manejable. Dicho de otro modo, paradójicamente mi miedo más profundo no es una vida infeliz sino una felicidad que incomoda, que es aquí y ahora, que es parcial e imperfecta, que no es idéntica con construcciones imaginarias, que en cualquier momento se puede perder. Es más fácil pensar que la vida me espera después de girar a la esquina que admitir que ya he pasado la esquina y que la vida es lo que vivo. Es más fácil esperar y quejarse porque algo no llega, que reconocer que no se puede esperar nada porqué todo está aquí…

Lacan comenta -no me acuerdo dónde-  que la angustia no es nunca ante la muerte sino ante la vida, ante el deseo. Sentirse frágil y dependiente de la mirada y la atención del otro y saber que la clave de tu alegria es algo compartido, al mismo tiempo que descubres que los encuentros evolucionan de manera peculiar, imprevista. El deseo es el terreno en el que la acción necesaria equivale a lanzarse al vacío. . Lo es todo y no pongo yo sus límites porque el deseo es el deseo del otro. El encuentro erótico es la prueba que revela los problemas del narcisismo contemporáneo...  un narcisismo que no se entera de que “El capitán no es el capitán. Capitán es el Mar”.[5]


4.

Así que cuando se usan las diferentes aplicaciones digitales para ligar sólo aparentemente se busca el encuentro. Aunque odiemos la soledad, la verdad insoportable es que lo que más queremos es el no-encuentro. Afortunadamente, algunas veces fracasamos: el encuentro llega e incluso se mantiene. Pero en general, la mayoría de las veces hay un (auto)sabotaje en el movimiento hacía el otro, que conduce a contactar con él sólo de manera transitoria.

Y la vida sigue. En algún momento llegará. Y una voz desde el fondo, responde: mejor que no llegue, para poder seguir esperando. Y buscando sin consecuencias radicales. El cómo “debería ser”  la experiencia  no deja espacio para la presencia real del otro en mi vida. Por tanto, parece que la única esperanza para llegar a comunicar con él, no será el éxito de mis esfuerzos sino el fallo de ellos. Ta vez, sólo un fallo grave dará la oportunidad de salir de los recorridos de los mercadillos de los contactos y sus eternas promesas.

Quizás, habría que intentar deshacerme de la idea de la felicidad tal como la he conocido. ¿No es sólo un relato que domina el pensamiento? El esfuerzo para ser feliz, cortocircuita la creatividad del deseo. Es verdad que eso, hasta cierto punto, es inevitable porque no hay ser humano que no tenga un imaginario de la felicidad por alcanzar. Pero sería importante tomar conciencia de que es un relato entre otros posibles. Que el sueño de la felicidad, sobre todo si se caracteriza por demasiada claridad, es, bastantes veces, fuente de muchas pesadillas, Por definición, es siempre un sueño, que nunca puede ser “aquí y ahora”. 

 Y también suele ser la imagen de un pasado que hay que repetir o evitar. Es el fantasma que media el encuentro presente. Veo en el otro lo que me recuerda, y estoy lleno de expectativas y miedos a partir de mis recuerdos. Y al final intentando escapar de mis miedos, consigo sólo hacerlos realidad y hundirme más en ellos. El pasado ejerce una fuerza gravitacional sobre lo que estoy viviendo.  Las relaciones humanas suelen reproducir este triste esquema.  ¿Porqué?

 Paul Watzlawick[6] cuenta la siguiente historia: Un borracho está buscando con afán bajo un farol. Se acerca alguien y le pregunta qué ha perdido. El borracho responde: “Mi llave”. Ahora son dos los que buscan. Al fin, el hombre pregunta al borracho si está seguro de haber perdido la llave precisamente aquí. Este responde: “No, aquí no, sino allí detrás, pero allí está demasiado oscuro”. En otras palabras, suelo buscar allí donde no hay nada sólo porque es el terreno más visible. Es cuando las cuestiones se definen de una manera, que hace su solución imposible. Cuando lo que se busca no es la construcción de un lazo intersubjetivo, que como tal será algo que abrirá  perspectivas desconocidas para mí -y para los dos-, sino utilizar al otro para responder la cuestión que me adormenta siempre -porque toda trayectoria personal suele girar alrededor de una cuestión fundamental, que nunca llega a articularse muy bien en la conciencia, y determina la percepción de la realidad. Llevo las lentes del pasado: el encuentro con el otro está mediado por este filtro que me hace no poder ver la persona que tengo adelante. Así las cosas, la oportunidad del acontecimiento, del cambio se pierde por la inercia, por la pulsión de repetición, por mis vanos intentos de responder a aquella cuestión-imagen que el pasado me impone, y que está hecha para quedarse sin respuesta.
Una y otra vez el viaje para, porque he anticipado peligros, pero, al final -ironía trágica- he elegido la misma ruta, mientras pensaba que la había evitadο.

¿Dónde está la posibilidad de un acontecimiento, de un cambio de paradigma en la búsqueda del placer y de la ternura? ¿Cómo romper con la lógica del mercado de los encuentros?  ¿Y luego cómo activar o reactivar aquella sensibilidad que está adormecida por debajo de miedos y de expectativas? ¿Dónde está la tabula rasa de la experiencia para vivirla fuera de un orden - simbólico y social- que me marca y me evalúa, y también para vivirla sin las transferencias de un pasado muerto? Seguiré buscando, y aunque mis probabilidades de encontrarla son nulas, la búsqueda seguro que algo me aportara.
 Luce Irigaray[7]  habla de una filosofía de la caricia, de una apertura al otro como indagación de una vida distinta. “La caricia es despertar a la intersubjetividad, a un contacto ni pasivo ni activo entre nosotros”, escribe, “es invitación al reposo, a la distención a otro modo de percibir, pensar, de ser: más calmo, más contemplativo, menos utilitario”. Tal vez, esta es la vía. Se trata, creo, de plantear otras formas de la experiencia amorosa para que sea menos prefabricada y más lenta y creativa, más centrada en la exploración que en la conquista. Pensar las relaciones no como la reproducción de un código, sino como una asociación que siempre es única, irrepetible e inventa ella su propio lenguaje. Reivindicar la conjunción -siempre problemática e imperfecta frente al Imperio de las conexiones. Buscar una tercera vía quizás, -digo: quizás-  entre el amor romántico, normativo, estereotipado y el consumo de los contactos. Crear nuevos territorios sexoafectivos y amorosos.
Fiarse del destino más y calcular menos.




[1] Twenge J., Sherman R., Wells B. Declines in Sexual Frecuency Among American Adults, 1989-2014. Archives of Sexual Behavior , 2017
[2] Franco Berardi. La sublevación. Artefacto, 2011.
[3] https://www.youtube.com/watch?v=OabTK7y7d6E
[4] https://www.youtube.com/watch?v=4i2vQEHnpEs
[5] Jesús Lisano. “El Capitán”, http://edicionesvoragine.blogspot.com.es/2013/06/el-capitan-jesus-lizano.html.
[6] Paul Watzlawick, El arte de amargarse la vida, Herder, 1989
[7]  Luce Irigaray, Ser dos, Paidós, 1997